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El Chacho y sus dones

Elizabeth Valdez Caro | 00:00 - 01 Agosto 2014

Él es un personaje entrañable en la ciudad. Su sonrisa es inconfundible, sus pocas palabras y su gran variedad de gestos son parte de su sino. Saluda con agrado a quienes considera sus amigos, es amable, servicial y muy alegre. Reparte su felicidad por las calles calurosas y no le importan las altas temperaturas si de estrechar un lazo se trata.

 

“El Chacho” llega con su ropa limpia, sus pantalones planchados, su pelo bien peinado. Presume cada detalle de su nuevo “look”, el que ha adquirido a base de constancia y disciplina en la casa albergue Madre María Teresa de Calcuta, al que pertenece. Luchó desde hace muchos años por una casa para mudos, y mudas, locos y mendigos, y hoy sabe que ese sueño es también suyo.

 

Ha trabajado en la fábrica de cerillos, ha sido jardinero, ha vendido chicles, y hoy renovadamente ofrece más cantidad de mercancía: dulces varios y chocolates. Pero cuando se acerca con una vieja amistad, no llega con el interés de la venta, sino con el afán de saber cómo te ha ido, ¿Cómo has estado? ¿Estás bien? ¿Y tu compañero? Son tantas las preguntas que hace El Chacho para saber del otro, del que él estima, a quien aprecia, se ve tan sincero.

 

Conforme con las respuestas, abraza, alisa el cabello con una ternura única como si su misión en esta vida fuera dar amor, alegría, y hasta hacer del buen humor su gran deporte. No tiene tiempo para quejarse esta vez. Su contento es más grande que el mal clima, que las crisis, que las tristezas que pudieran ofrecerle la vida a su edad, y sus intensas vivencias.

 

Atrás ha quedado su gran amorío con la Chacha, la mujer veinte años mayor a la que amó como su gran pareja, aunque en ocasiones pareciera su mamá, la trató como un bebé a la que protegió y dio de comer.

 

También sus aventuras incesantes con la Teresa, la que lo obligó a participar en aventuras peligrosas como tratar de robar un camión de bomberos, manejarlo y asaltar un cajero. El Chacho nunca pudo involucrarse del todo, sus ganas de trabajar de manera honrada siempre las tuvo por delante.

 

Al Chacho no se le ha borrado su mirada de niño inquieto, y aunque los años transcurran seguirá pensando con esa sabiduría que le acompaña y lo hace luchar y soñar con amplitud, viendo a los otros, pensando en los otros, en su bienestar, en sus vivencias. Bien encuentra su fantasía, su amor en esta ciudad, su apego a los amigos, su infinito amor y atracción hacia las mujeres, su gracia y su talento de hombre nacido para alegrar la vida de muchos en esta ciudad del infierno.

 

Elizabeth Valdez Caro

 

 

Publicado el Viernes, 01 Agosto 2014 00:00
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