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La aventura de las Cascadas de San Antonio

Elizabeth Valdez Caro | 00:00 - 08 Agosto 2014

Está a escasos 20 minutos de la carretera a Sanalona, y es toda una aventura llegar hasta las Cascadas de San Antonio, perteneciente al ejido El Doce, de la sindicatura de Sanalona.

 

Los vecinos de otros estados que vienen de vacaciones a la ciudad son los primeros en llegar. De Puebla, Ciudad de México, Estados Unidos de Norteamérica. Son los más enterados. Vienen preparados para una gran excursión. Llegan con hieleras y se dan cuenta que la escalada va a estar larga y muy difícil, algunos deciden dejar todo.

 

El sitio tiene fácil acceso, sólo tomar la carretera a Sanalona, pasar el Barrio y la Divisa y al llegar al ejido El Doce, exactamente la Hacienda el Paraíso, dar vuelta a la derecha 5 kilómetros hasta topar con una puerta amarilla, que abren niños amablemente, y cruzar un terreno agrícola, ahí asoma el cerro intensamente verde.

 

Ya vienen los de regreso. Se ven cansados y sofocados, señalan que si no hay video de por medio a la otra no aceptarán la invitación. Otros indican que estuvo “lindo” al final y que vale la pena todo el esfuerzo, entre calor y energía dejados a lo largo del camino, por ver aquel paisaje desde “arriba” en donde alguien pudo refrescarse en las aguas heladas, caídas en piedras gigantes.

 

La naturaleza verde con extenso follaje es el primer acercamiento. Los jóvenes dan los primeros pasos con ánimo y energía. Suena a aventura intensa. Quienes se acompañan de una cerveza o simplemente amanecieron apaleados por con su consumo, no resisten, y quedan tirados a mitad del camino. Faltan elementos de primeros auxilios. La familia entera queda detenida en el camino. Junto a un árbol un joven con un poquito de exceso de peso no siente, ni oye ni mira. Su sofocón es tan fuerte como el calor de las dos de la tarde. Su tecate a un lado lo deshidrató aún más.

 

Hay piedra sobre piedra, y hay veredas llenas de árboles que sueltan lianas a las cuales acogerse, para evitar las resbaladas. Lo saben pocos, ya que muchas jovencitas no atinan a pisar la piedra de manera adecuada, ni a agarrarse de las ramas adecuadas, acaso algún hojita que luego arrancan en la torpeza.

 

Alguien menciona a las víboras en celo, otro contesta que ese hecho se da en octubre. Otros vuelven a respirar. Una señora que ha subido la empinada concluye que ha podido hacerlo agarrándose de aquí y de allá sin resbalarse, y observa cómo las chicas se la han pasado echando gritos todo el camino de que no encuentran la manera de no patinar, y que se quejan de tanto esfuerzo, quizá por la desvelada diaria del “face”.

 

“Es que el que es torpe es torpe, y no sabe cómo hacerlo y siempre va a caer, y el que sabe buscarle encuentra como caminar”, señala un chico conocedor del tema ahí tocado: el arte de escalar.

 

El viento sopla allá a mitad del cerro, entre piedras gigantes una mujer busca que las gotas de agua que caen como brisa desde las rocas toquen su cabello y la refresquen. Una familia completa ha acampado antes de llegar la cima y se colocan sobre la pequeña laguna. Ponen su hamaca, su asador de carne, y nadie más puede soltar el cuerpo y estacionarse en esa pequeña “alberca”.

 

Lo que sigue es más espectacular. Una segunda parada con sogas para escalar. Ahí está el alto de muchos, sobre todos los de edad madura y el momento de demostrar la juventud, la energía, la condición para muchos. Es el festejo con alarde de apenas cruzar los veinte.

 

Acá se quedan los que quieren calmar la respiración, el latido intenso del corazón y allá se van los aventureros, que luego regresan con una cara iluminada de haber visto un hermoso paisaje de cerros verdes, e incluso aquellos que vencieron el temor y se dieron el gran chapuzón helado en la cascada más alta de San Antonio.

 


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Publicado el Viernes, 08 Agosto 2014 00:00
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