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Miércoles 03 Marzo 2021 20:58 hrs

Postal itinerante de una ciudad

Elizabeth Valdez Caro | 00:00 - 29 Agosto 2014

Una ciudad enloquece y no es sólo por la lluvia. Mujeres en gran fila se aglutinan en las banquetas y cruzan la avenida principal. El hombre del altavoz, dado en condenar la vileza y vicios del hombre de esta época, ha decidido hoy dejar el espacio de la plazuela Obregón, junto a catedral, e irse a lanzar su discurso incendiario en el puente peatonal de Ley Humaya.

 

El tráfico es intenso. Pocos automovilistas parecen escuchar su discurso. Lanza sus fuegos verbales hacia los sacerdotes que han cometido pederastia, contra aquellos que han traicionado la palabra de Dios, y viven “entrenados” en los gozos del placer mundano.

 

No para. Sus palabras se difuminan en el paisaje sórdido de los automóviles en curso. Choca su voz enviada al espacio, con la ventana de un automóvil, cuyos vidrios son cerrados al exterior, para proteger con aire a los frágiles cuerpos de los intensos y endemoniados calores, acaso culpables de tanta ligereza y vanidad.

 

El hombre sigue, se encabrita. Condena esa actitud incongruente y ajena a todo cristianismo, que, dice, han cometido esos sacerdotes que se llaman “conductores de almas” y que refugiados en el pecado, se han convertido en ejemplos a no seguir.

 

Una mujer indigente, ajena al ruido ensordecedor de los autos, al humo que ya empieza a invadir las calles del centro y los olfatos--provocando algunos estornudos en transeúntes--, está concentrada en su tarea de picar con sus inquietos dedos un teclado solo, sin computadora anexa. Deletrea en voz alta lo que escribe, y cuenta un largo relato poco audible; en su rostro denota la afectación emotiva que le causa escribir aquello.

 

El auto sigue su rumbo por el Malecón Niños Héroes y una mujer demasiado limpia, para su estatus también indigente, está sentada, ensimismada, en actitud de meditación, tras de ella, la tarde cae, en lilas, rosas y morados sin que pueda apreciarlo.

 

Un agente de tránsito la ve con curiosidad, y pocos saben que ella es la que enjuaga su cuerpo, a veces, totalmente desnudo, en las aguas que bañan al monumento dedicado a Agustina Ramírez.

 

Esta ciudad no aburre, sólo para aquel que no tiene tiempo de mirarla.

 

Elizabeth Valdez Caro

 

Publicado el Viernes, 29 Agosto 2014 00:00
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