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Miércoles 03 Marzo 2021 19:36 hrs

Ya no es posible ser distraído en la ciudad

Elizabeth Valdez Caro | 00:00 - 14 Noviembre 2014

Las calles de la ciudad perdieron su estabilidad, como tumbas excavadas en cada esquina, el centro parece atacado por las bombas, como si arreciaran por las noches y  nos proporcionaran un paisaje desolador al amanecer.

 

Al pisar ya no es posible detenerse, los pies resbalan, y hay que tocar las herramientas  de construcción (distribuidas a lo largo y ancho), con el borde del zapato, máquinas y excavadoras, brotan a doquier, y hay que ver cara a cara también los rostros del esfuerzo, que de vez en vez se dan sus deleites, no sólo en los aparadores donde un maniquí con cadera y frondosos glúteos se vende, según se anuncia, sino suspirando por cada chica que cae o derrapa.

 

Ya no se puede ser distraído en Culiacán, las calles socavadas, con honduras y con montañas no lo permiten. Se tiene que ver exactamente donde cae el pie. De no hacerlo las consecuencias pueden ser desastrosas. Meditar, pensar, soñar, mirar hacia los lados, o al frente, o hacia el cielo son acciones  bloqueadas  para el peatón. Hacerse el sonámbulo, correr, escaparse por la coladera de la historia y del pasado de esta capital, tampoco.

 

No es posible solazar la vista, dejar caer el espíritu, dar vueltas hacia un lugar con el ánimo de divisar esa parte escondida o misteriosa que quisiéramos volver a descubrir con otros ojos,  ya no. O se mira hacia el suelo, o se pierde definitivamente el sentido del camino. O se ve a los que trabajan colocando el adoquín de cemento (hecho con cuadritos de plástico),  o caes directamente  a los hoyos que parecen preparados para los distraídos, con las consecuentes risas incluidas del personal de obra.

 

Por cierto, no teniendo más en que distraerse, ellos los hombres de la mezcla y el martillo,  se escurren también, yéndose hacia las exhibiciones de objetos con descuentos que ya se encuentran en los aparadores y, aún más, en las banquetas; se entretienen soñando con la bocina con radio incluido, de 160 pesos de la Casa de Empeño frente a Ley Rubí, que los mantendrá divertidos mientras dejan caer toda su energía bajo el sol todavía intenso de Culiacán.

 

Se esmeran en los objetos de oro que alguna vez comprarán a la mujer amada  cuando les paguen, y que lucen tras la vidriera con descuentos de 60 y 70 por ciento. Sueñan con las camisas negras de dibujos pintados en color oro, para parecer “el fregón”, y no el que está dando marrazos al pavimento, para destruirlo y dejar ahí unos cuadros de cemento pintado, también en imitación adoquín.

 

Elizabeth Valdez Caro

 


Publicado el Viernes, 14 Noviembre 2014 00:00
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