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Elena Poniatowska: la escuela del por qué

Yuriana Díaz | 22:54 - 08 Abril 2013

INTRODUCCIÓN:

 

El pasado 14 de marzo, Elena Poniatowska hizo un anuncio alarmante: 

 

“Por motivos de salud estaré fuera de actividades unas cuantas semanas. El médico me ordenó reposo absoluto para que no me internen en Cardiología, de este modo puedo trabajar un poco desde la casa. Me disculpo por no responder sus mensajes, los cuales agradezco mucho.

 

"También lamento no acudir a invitaciones y compromisos adquiridos con anterioridad pero los acompaño con el corazón. Apenas pueda estaré con ustedes para trabajar en lo que todos amamos. Reciba cada uno un apretado abrazo (pero no como el que se dan los políticos) de su vieja amiga, Elena”.

 

Con gran alegría, nos enteramos de que la salud de Elena ha mejorado notablemente gracias al reposo, y que el diagnóstico de su cardiólogo no podría ser más alentador.

 

Dedicamos el RetroDigital de hoy a una de las escritoras más importantes de la historia de México, la mejor periodista sin duda, y para mí en lo personal, el ser al que más quise durante más de diez años de mi vida. La distancia y, sobre todo, mis malas decisiones, nos  separaron, pero por dos mensajes que recién recibí de ella (vía Michael Schussler y Arturo Mendoza Mociño) sé que nada de lo pasado  rompió del todo nuestro vínculo afectivo.

 

Les dejo aquí, amigas y amigos, la primera entrevista que le realicé a Elena, gracias a la cual la conocí, e inicié con ella una larga relación de amistad que marcó con tinta indeleble mi carrera y, sobre todo, mi vida.

 

LER

 

 

 

 

 

 

"La Niña Hélène"

 

 

 

 

Luis Enrique Ramírez

 

 

En 1953 Hélène Poniatowska intentó cambiarse el nombre. Había decidido ser periodista y comunicó al jefe de Sociales de Excélsior, Eduardo Correa, que firmaría sus artículos como Dumbo. “Si ya estaba Bambi, pues yo sería Dumbo”.Temía que por su apellido la confundieran con una espía rusa, pero Correa no entendió razones: “iNo voy a tener aquí a todos los animalitos de Walt Disney nomás porque a ustedes se les pega la gana!”

 

El candor sería su sello, su distintivo, la base de su estilo. Hija del príncipe Jozef Poniatowski –tataranieto del último rey de Polonia, Estanislao Augusto–, nació en París en 1933 y allá vivió sus primeros años. Mientras su padre combatía en la Segunda Guerra Mundial, fue traída con su hermanaKitzia a México por su madre, la princesa Paulette Poniatowska que también nació en Francia aunque de padres mexicanos y aquí es conocida como Paula Amor. De los Amor, “de las mejores familias”, la niña Hélène sólo estuvo entonces unos años en México porque luego fue enviada a Estados Unidos a un colegio de monjas católicas.

 

Tenía 19 años de edad cuando volvió a México. Durante una de las grandes recepciones a las que acostumbraba asistir conoció al entonces embajador de Estados Unidos, Francis White, y por mera ocurrencia lo entrevistó. Llevó el texto a Excélsior, para su propia sorpresa se lo publicaron y de esta manera dio inicio a su carrera periodística.

 

“Yo no sabía nada. Bueno, todavía no sé nada de nada, pero entonces acababa de llegar del convento y lo ignoraba todo acerca de la cultura mexicana. No tenía la menor idea de quién era Diego Rivera, por ejemplo. Lo único que sabía de él era que pintó desnuda a la tía Pita Amor y cuando se mencionaba el nombre de Diego Rivera en la casa exclamaban “¡Vade retro Satanás, ese hombre es malísimo!” Pita sólo decía que desde que posó para él tenía una gripa que no se le quitaba, pero el resto de la familia lo tenía muy odiado, decían que era un gordo cochino apestoso”.

 

Cuando, por aquellos años, le tocó entrevistar a Diego, le preguntó: “¿Sus dientes son de leche?” Él le respondió que sí, que su madre era una chiva y que con esos dientes comía periodistas güeritas polaquitas.

 

“Como no sabía nada de ellos pues les preguntaba de su físico, de lo primero que se me venía a la cabeza. A Diego yo creo que esas preguntas le divertían y entonces ya se hacía una entrevista como muy agradable, muy amistosa. Recuerdo que después de la entrevista él me pidió que posara para un cuadro, pero no como la tía Pita; quería poner mi cara en la descubierta de una procesión de Moscú que estaba pintando entonces. Era una cosa de lo más anodina, saldría yo entre la gente caminando, pero en mi casa me dijeron: ¡Ni de chiste!”

 

Su ingenuidad hizo sonreír a Borges y sacó de quicio a El Cordobés. Cuando María Félix hablaba de su amor por México ella le preguntó por qué, entonces, lo compraba todo en París. La actriz cambió de tema, igual que Lázaro Cárdenas ante la interrogante de, si era tan anti imperialista, por qué tomaba Coca-Cola.

 

No pudo llamarse Dumbo pero años más tarde decidió castellanizar su nombre. Como Elena Poniatowska se consagró al periodismo y a la literatura, se adhirió a las mejores causas de México y defendió su derecho de ser mexicana. Se naturalizó en 1969, cuando el astrónomo Guillermo Haro, casado con ella desde hacía dos años, le advirtió: “Te estás mete y mete en cosas de la política mexicana”. Ya había recibidorecordatorios de Gobernación acerca de su condición de extranjera. “Pero yo ya tenía todo el derecho de ser mexicana porque tenía años de vivir aquí…  Me naturalizó Gabino Fraga casi de un día para otro y me dijo que era un honor para él hacerlo. Fue muy bonito.”

 

Elena Poniatowska escribió sobre los desaparecidos políticos en Fuerte es el silencio, sobre el terremoto de 1985” en Nada, nadie y suyo, es La noche de Tlatelolco, “el libro definitivo sobre 1968” a decir de Carlos Monsiváis. Cuando, durante el gobierno de Echeverría, se le concedió el premio Villaurrutia por este último libro, ella lo rechazó preguntando:” ¿Quién va a premiar a los muertos?”

 

-¿Es posible conservar ese candor después de escribir y ser partícipe de hechos tan terribles?

 

-Muchas gentes dicen que ya no es candor… Yo creo que a través de los años ya es un candor medio instalado. Yo sí tengo mucha tendencia a creer todo lo que me dicen, si tengo un aspecto candoroso. Me lo dice siempre Monsiváis: qué te pasa, cómo vas a creer esto, ay Elena, cómo, si es un chiste. Siempre que hace alguna de sus clásicas bromas, me tiene que aclarar que no es verdad, porque yo me lo creo todo.

 

-Pero al tiempo que es ingenua, como entrevistadora usted suele ser agresiva.

 

-Yo en general no soy agresiva, yo estoy como un poco jugando pero hay cierta gente a la que esto le parece una forma agresiva de ser y no lo es ¿no? A mí las entrevistas me salen como la plática. Sólo cuando son a científicos o a políticos las preparo.

 

-¿Usted escoge a quienes entrevista?

 

- No, al principio me daban muchas entrevistas por encargo, por compromiso que tenían en los periódicos. Por ejemplo en Novedades siempre querían entrevistara a los que hacían carreteras, porque creo que ése era uno de sus negocios; pintaban la raya blanca o algo así. También me mandaban a entrevistar a Juan Sánchez Navarro en la Cervecería Modelo, y a los de la Cruz Roja y a las señoras de sociedades para ayudar a los demás, de esas horripilantes. Me enchufaban ese tipo de entrevistas y a mí siempre me salieron mal porque yo no les ponía nada de entusiasmo.

 

-¿Le pesó salirse de Excélsior?

 

-Sí, me sentí muy triste porque yo estaba muy contenta ahí. Estuve en Excélsior un año. Bambino me quería nada, aunque ahora nos queremos muchisísimo. Eduardo Correa me dijo: “Un día me lloran unos ojos azules, al otro día me lloraron unos ojos cafés, ¿qué voy hacer?” A mí me dio coraje y le dije: “No, ya no le van a llorar ningunos ojos azules porque ya me voy”. Pero yo en realidad me fui por que Alejandro Quijano, el gerente de Novedades, se encontró a mi mamá y le dijo: “Nos gusta mucho lo que hace su hijita, ¿por qué no se viene aquí? ¿Cuánto le pagan en Excélsior? Ah, pues aquí le vamos a pagar el doble y la vamos a cuidar”. En Excélsior me pagan 30 pesos por entrevista pero Manuel Becerra Acosta, padre, todo el tiempo me estaba multando. El era maestro de la Universidad  Femenina; yo hice una obra de teatro, La caridad canastera, y a uno de los personajes le puse Asfodela Morboso de Lóbrego Santa Julia, que era Adela  Formoso de Obregón Santacilia  la directora de la Universidad Femenina. En la obra los niños acababan matando a sillazos a las señoras que estaban jugando a la canasta de caridad, porque en esa época se hacían muchas cosas dizque de caridad. Don Manuel me suspendió por 15 días por andar escribiendo esas cosas. Y me suspendió otras veces. Entonces, si yo ganaba al mes 350 pesos, cuando me multaban ganaba como 125.

 

 

* * *

 

 

Elena concede esta entrevista a raíz de la aparición del primer tomo de Todo México. En 12 volúmenes, Editorial Diana publicará las entrevistas más notables de Elena Poniatowska durante los últimos 30 años. En 1961, Era editó primera y hasta ahora única recopilación  de la autora en el género en cuestión, Palabras cruzadas. El tomo I de "Todo México" incluye entrevistas a Luis Barragán, Manuel Benítez El Cordobés, Gabriel García Márquez, Jorge Luis Borges, María Félix, El Santo, Luis Bañuel, Tongolele y Lola Beltrán.

 

Se espera por estos días la aparición de una nueva novela de Elena Poniatowska en Ediciones Era, "Tinísima", basada en la biografía de la legendaria fotógrafa Tina Modotti; es un trabajo que ha llevado a la escritora más de diez años. La acompaña en la primera sesión de esta entrevista Juan Antonio Ascencio, quien corrigió la novela. Elena tiene un reencuentro con Pedro Valtierra, quien le recuerda cuando trabajaron juntos las crónicas del terremoto. “Fue terrible”, dice ella, y el fotógrafo refiere: “Lloraste en una entrevista”. Se impone sin embargo el buen humor y Elena posa en el jardín frente a su casa, se hinca junto a la cruz de la iglesia, eleva los brazos, se da golpes de pecho. “A mi mamá le van a encantar estas fotos, porque dice que soy una hereje bolchevique”.

 

-¿Por qué estuvo tanto tiempo en Novedades?

 

-Pensaba que ahí debía estar…Me invitaron a El Heraldo pero pues estaba peor tantito. En realidad no me he salido de Novedades, sigue escribiendo ahí de vez en cuando. Y si me salí ni se han enterado. Ahí nadie se entera de nada. En la página 5 puede salir algo que es la antítesis de lo que salió en la primera plana y ni quien se dé cuenta… En realidad siempre he escrito en otros periódicos y revistas. Estuve en unomásuno, en El Día. En Novedades hacía sobre todo entrevistas y en los otros artículos que les llamande opinión o sepa diablos de qué. A mí no me gustan mucho los artículos de opinión porque siempre se vuelve uno pomposo ¿no? Como un asno solemne.

 

-¿Le gusta más la entrevista?

 

-Me gusta la crónica y también me gusta la entrevista. Pero ya hago retepoquitas entrevistas… No sé, trabajo mucho, llevo una vida muy ajetreada, entonces no quiero hacer tantas entrevistas.

 

-En 1978, cuando ganó el Premio Nacional de Periodismo, anunció que se iba a dedicar más a la literatura.

 

-Y sí lo he hecho, nada más que el periodismo tiene ese dicho de “cuando esta víbora pica no hay remedio en la botica”. Uno es periodista toda la vida. Ahora lo hago por lo menos una vez o dos al mes, lo cual ya es suficiente. Yo quisiera no hacer nada de periodismo, pero ahora lo espantoso es que tengo que dar un chorral de conferencias, presentar muchos libros. Y como no soy Monsiváis, que yo no sé cómo puede hacer todo… Porque Monsiváis se  multiplica. O alo mejor es que hay quince monsivaises…

 

-¿De veras quisiera dejar el periodismo?

 

-No, yo creo que no porque me siento agradecida con el periodismo. Ha sido mi escuela, porque las monjas no me enseñaron más que el antiguo y el nuevo testamento que ya se me olvidaron. A través del periodismo tuve unos maestros maravillosos. ¿Se imagina tener de maestro a Carlos Pellicer, a Rulfo? Ellos eran tan cálidos conmigo, tan buenas personas, a pesar de que yo soy bien impertinente. Octavio Paz conmigo de joven era extraordinario, él me hizo leer Balzac, a Breton, a una serie de gentes que sin él yo nunca jamás hubiera leído.

 

-Juan José Arreola… 

 

-También, pero Juan José Arreola era más de corregir: esto no se dice así, se dice asado… Yo lo conocí porque Elena Urrutia me dijo: “Ay, ya me han dicho que si tú no escribieras en ruso serías comprensible. Yo tengo un maestro que no cobra un centavo, lo único que hay que hacer es llevarle unos quesitos y una botella de vino una vez por semana y ya con eso se conforma”. Yo le llevé cosas de periodismo y Arreola me dijo: “No, yo no me dedico al periodismo. Usted debe traer algo que tenga que ver con literatura”. Entonces le llevé "Lilus Kikus", le gustó y con esto empezó una editorial, Los Presentes. 

 

-"Lilus Kikus" es Elena Poniatowska de niña ¿verdad?

 

-Puede ser, hay datos, pero pueden ser amigas mías, mi hermana, varias gentes, no sólo yo. 

 

-¿Igual que en "La Flor de Lis"?

 

-También son muchos elementos combinados, nomás que a mí todo lo que hago me dicen que es autobiográfico. Hay unas gentes que como que les interesa mucho la vida del autor y siempre quieren darle connotaciones autobiográficas.

 

-¿Le molesta eso?

 

-No, a mí no me molesta ni un pepino. Además en La Flor de Lis por ejemplo si, las circunstancias son las mismas de que yo vine a México con mi mamá y con mi hermana y mi papá se quedó en la guerra, pero ya después toda la historia del sacerdote tiene mucho de ficción. Además es bien mala esa novela porque esta toda desbalanceada, toda colgada de un lado. Todo lo del sacerdote está muy pesado y muy largote y le quiero cortar pero nunca tengo tiempo. Lo quiero hacer bonito.

 

Se oyen voces en la entrada y Elena se interrumpe: “¿Y ora quien llegó?” La respuesta se la da ella misma con un grito de alegría: “¡Magda!”

 

 

* * *

 

 

La presencia de Magdalena Castillo provoca una revolución en la casa de Chimalistac. Es la nana de Elena. Nana de sus tres hijos también: Emmanuel, Felipe y Paula. No aparenta los 70 años que ya rebasa. Es una mujer fuerte, morena, de largas trenzas. Vive en su pueblo, Tomatlán, de donde salió por primera vez a los 18 años de edad porque sorprendió a su novio platicando con otra en la plazuela. Paula Amor y sus hijas acababan de llegar a México. Solicitaban una nana y Magda acudió.

 

”Desde que me vio, la señora Paulette dijo que no, que yo estaba muy chica. No tenía referencias ni experiencia. Me iba a mandar a otro trabajo: cuidar los perros de su mamá. Eran un montón, la señora los recogía de la calle y tenía una muchacha especial para bañarlos, darles de comer, recoger la suciedad y lavarles sus cojines. Y en eso que saltan estas criaturas como pinguitos y me abrazan. No sé por qué, si ni me conocían. No entendí, hablaban puro francés: ‘¡Quechuá, ponchuá!’ La señora dijo: ‘Ay, mis hijas te quieren. Quédate una semana, para probar’. Y me quedé”.

 

Se quedó toda la vida. Se entregó a Kitzia pero sobre todo a Elena. “Es mi consentida, claro que sí. Desde chiquita fue muy buena, muy noble. Siempre que se peleaban era porque su hermana la provocaba, y yo la defendía. Fue muy inteligente, le gustaba mucho leer, y ni cuando se enfermaba quería faltar a la escuela”. 

 

Ahora, a Kitzia la llama “la señora Kitzia”, pero a Elena sigue diciéndole “la niña Hélène”. O Miss Jujú, el apodo que le puso la pequeña. La sigue tratando como cuando tenía ocho años. “Ya no la hagan trabajar, ahorita va a cenar y se va a dormir”.

 

Magda regresó a Tomatlán, dice Elena, “porque se enfermaron sus papases”. Fue de hecho su nana quien la enseñó a hablar castellano. Ya lo ha dicho: “Mi español no es el de Platero y yo sino el que aprendí en la cocina, con las muchachas”. Su habla es idéntica a la de Magda.

 

-¿De veras no vino nadie?

-Nadien, fíjate… 

 

Paulette siempre les habló en francés. “A la fecha, mi mami habla puro francés. A Guillermo, mi esposo, le daba un coraje horrible, decía “¡Pinches franceses colonialistas! Tienen aquí 275 años sacándole dinero a este pobre país, viviendo del país y todavía no pueden hablar en español. Piiinche quién sabe qué y colgaba, le colgaba a mi mami y ella decía ay, qué malgeniudo…”

 

La entrevista se desvía hacia Magda, frente a la sonrisa de acuerdo de Elena Poniatowska. Juan Antonio Ascencio es cómplice del reportero: ante la grabadora encendida, insta a la nana a rememorar. La vida de Elena pasa como una película proyectada desde los ojos, la voz y la chispa narrativa de Magdalena Castillo. 

 

“La enseñé a decir mula y decía mura. Perro decía pero.Que su papá estaba en la guea, y nos subíamos las tres a la azotea para estar cerca de Dios y rezábamos; ellas en francés, yo en español. Poco a poco fui enseñándoles el Ángel de la Guarda, todo eso. Padre nuestro que estás en los cielos, tú cuidas las vacas y yo los becerros. Las llevaba a la escuela, las recogía, luego a la clase de danza, a la de piano. Oía lo que tocaban y yo ahí estaba chille y chille como chango porque con la música me acordaba de mis cosas…”

 

No le gustó el primer novio de Elena. “Llegaba borracho, le llevaba serenatas y le gritaba ‘¡rataaa!’ Cuando le hablaba por teléfono yo le decía ‘no está’, aunque estuviera. El señor Guillermo era muy bueno, pobrecito que ya se murió. Ella siempre fue muy bonita pero nunca fue presumida. Su hermana sí, sacaba los vestidos de la señora y se paseaba diciendo que ella era la princesa. El niño Jan, su hermano, me mandaba a la tienda a comprar dulces. ¿Con qué dinero? le preguntaba. ‘Diles que son para el príncipe y no te los cobran’, me decía”.

 

Elena la escucha bebiendo enormes tarros de café con leche. “Tinacos”, les llama Juan Antonio. “Si, yo soy de lo más tinaquera”. Da a Magda las buenas nuevas: “Mane ya tiene un hijo, se llama El Tomatito. Tiene cuatro meses, ya soy abuelita. La Paulis no está, fíjate, se fue a Londres. Orita viene Felipe… Ay, qué bueno que veniste”. 

 

Magda escuchó por radio que había guerra en el Golfo Pérsico y se vino. “Nomás estoy piense y piense en la niña Hélène porque como es periodista, digo ay, no la vayan a mandar a investigar”.

 

Los hijos de Elena acostumbran ir a Tomatlán de vacaciones y llegar a casa de Magda. Ella vive  “de muchas cositas: siembro arbejón, frijol, acelgas, lechugas, rabanitos, voy al pueblito y las vendo. También tengo borreguitos y unas vaquitas”. Recogió a dos huérfanos. Desde aquel novio traicionero, jamás volvió a tener otro. No se casó. “Pero qué bueno. Ahora estoy más feliz que una lombriz porque digo ¿qué tal si me hubiera casado? Pues no hubiera aprovechado de estar con la niña Hélène…”

 

 

* * *

 

 

La entrevista con Elena Poniatowska continúa al día siguiente por la tarde, a bordo de su Datsun porque debe llevar de inmediato al taller su computadora.

 

Una camioneta se le cierra, luego otro coche y más adelante una moto. “¡Huy que susto! Qué feo maneja todo mundo… ¿O soy yo?”

 

Carlos Monsiváis sale siempre a relucir en sus conservaciones.

 

 “Le voy a decir que es un maldito porque se me seca la lengua de hablar de él y él ni siquiera lee lo que digo. Lo conozco desde hace 30 años, pero no nos queríamos. En 1970 él me empezó a escribe y a escribe de Londres y a raíz de eso ya nos hicimos amigos para toda la vida amén. Su mamá se lo ordenó, porque ella y yo nos quisimos muchísimo. Antes él a quien quería era a la China Mendoza y a mí ni me pelaba. Ahora ya no quiere nada a la China y me quiere a mí. Él creo que quiere a Eugenia Huerta, luego a mí y luego otra vez a mí”.

 

-¿Y usted a quien quiere?

 

-¿De mis amigos? ¡Huy! Yo quiero a muchísima gente, soy bien querendona. A José Emilio Pacheco, a Aguilar Camín, es una lista enorme de gente. Quiero a José Joaquín Blanco desde hace años, también a Sergio Pitol. A Susana Alexander. Quiero a Marta Lamas, a Marta Acevedo, a Juan Antonio Ascencio también lo quiero muchísimo. A Francisco Toledo lo quiero así con toda mi alma. A Juan Soriano. Y a Octavio Paz, lo quiero porque tengo una imagen de él dentro de mí y esa imagen es la que tiene la mayor fuerza.

 

-¿A todos los ha entrevistado?

 

-A todos. El periodismo para mí ha sido un elemento de acercamiento mucho más profundo. Al entrevistar a una gente se crea un lazo, porque ésta le confía a uno una serie de cosas sobre sí misma y además tiene la ilusión de ser bien interpretada, bien transcrita, bien leída y tratada con afecto… Yo quisemuchísimo a Buñuel, a Demetrio Vallejo. Tengo amigas de infancia a las que quiero entrañablemente. Quiero mucho a José Agustín también. Pero a Monsi es al que más quiero. Es el más querido. Sé que él también me quiere, que le importo. Yo siempre veo que Monsiváis está dispuestísimo a hundir a la humanidad entera y mira a la gente socarronamente a ver a qué hora meten la pata; en cambio, conmigo siempre está como dispuesto a ayudarme, se preocupa por mí como si fuera su hermana…

 

-¿Entrevista sólo a personas que quiere?

 

-No, a algunos no quiero, a los políticos no los quiero nada. Bueno, a Heberto Castillo le tengo muchísima simpatía. A Rosario Ibarra la amo con un amor tormentoso. También me gustaba mucho Norberto Aguirre Palancares, creo que ya está re viejito. Es uno que tenía una cara muy noble, flaca flaca, morena, el pelo blanco y los ojos muy inteligentes. Pero sí entrevisto a gente que no quiero, cómo cree… Otras dos mujeres que yo quiero muchísimo son Jesusa Rodríguez y Liliana Felipe. Quiero muchísimo a mi nuera, Viviana.

 

 

* * *

 

 

Saca sus chiclets Adams y convida: “Ándele, dos y dos”. El resto de la entrevista hablará al tiempo que mastica el chicle. Se baja del Datsun sin ponerle el seguro. “Este coche está tan feo que ya le robaron todo lo que podían robarle”.

 

-Al principio andaba en camiones. Después mi papá me compró un coche de segunda mano que estaba todo dado a la tristeza, tenía un agujero en el piso, y para frenar uno tenía que bajar la pata y frenaba con los zapatos casi.

 

-¿Cómo los Picapiedra?

 

-Sí, era un coche así de Los Picapiedra. Luego, veinte mil años usé Volkswagen hasta que mi mamá dijo que era peligroso el Volkswagen que quién sabe qué, y una vez que yo no estuve ella mandó venderlo y me compró un Datsun. Pero este Datsun que yo uso ahora era de Guillermo. A mí los coches no me importan, siempre los traigo sin espejos, sin asientos, con los fierros así saliéndose. A mi nomas con que funcionen y ya…

 

Fernando Benítez se espantaba al ver su auto: “¡Parece el carromato de una gitana! Tú, una perla en un basurero”. Carlos fuentes era cruel: “Ahí va la Poni en su Volkswagencito a entrevistar al director del Rastro o a preguntar el precio de los jitomates”.

 

Dice Elena:

 

“Para él, como que yo hacía una tarea deleznable. Ese era el sentido: pobrecita, no alcanzó a hablar de Dante ni del infierno y el cielo sino que está todo el día haciendo tareas muy menores. Pero pues las mujeres siempre hacemos tareas menores, la infraestructura, siempre estamos en se tipo de actividades…”

 

-¿Siente que su obra es menor?

 

-Bueno, frente a la obra de Fuentes… En la época en que Fuentes avanzó muchísimo yo seguí preguntando el precio de los ajos y las cebollas. Él se proyectó muy rápidamente, entonces para él, en ese sentido, era menor. Ahora claro, a la larga yo no quiero hacer una obra menor. Yo pretendo crecer y hacer cosas cada vez más importantes. Nada más que Carlos ha hecho una serie de novelas, es un hombre brillante cuando habla, absolutamente deslumbrante. Por eso decía mira esa pobre ahí anda con sus bolsas del mandado ¿no?

 

(Voltea Elena al asiento trasero, donde trae, desde la mañana las verduras que compró en el mercado sobre ruedas).

 

-¿Y ahora qué dirá Fuentes?

 

-¿De mí? ¡De mí no dice nada! Carlos Fuentes se mueve mucho ya en el mundo de los beautiful intellectuals, porque incluso entre los intelectuales hay un enorme snobismo. Los radical chic como los llamó Joan Didion, que son las gentes que están de veras en el candelero, que viajan y van a hoteles de cinco estrellas, dan conferencias de prensa, cobran un dineral, tienen contestadoras que no son automáticas, contestadoras humanas y secretarias trilingües y una esposa que también les maneja muy bien sus relaciones públicas. E invitan a cenar a la gente importante. Obviamente si yo todo el día ando corriendo en mi coche ¿se imagina si en la noche voy a poder hacer una cena con 24 meseros? Que además mi vajilla nunca está completa, y es como la de Leonora Carrington: un pocillo de peltre, una cuchara de madera, un plato de La Merced y el otro de Tlaquepaque. Leonora me invitaba a cenar y como nunca tenia postre, rápidamente iba a la esquina a comprar unos cronch-croncho un tinlarín pero viejitos y eso era el postre.

 

 

* * *

 

 

La computadora resultó no tener nada y ya estamos de nuevo en el coche de Elena, rumbo a su casa. “¿Por aquí saldré a la avenida esa? Esa avenida ¿cómo se llama? Quién sabe cómo pero si salimos ¿verdad? Si, si salimos”.

 

Vuelve hablar de la gente que quiere:

 

“Hay otra escritora que quiero un chorro, María Luisa Puga, y también a Silvia Molina. Y a Myriam Moscona; hemos trabajado juntas”.

 

De nadie habla mal. “No hay que ser juez”.

 

-¿Usted nada más habla mal de los poderosos?

 

-Sí, porque siento que traicionan mucho a México, son muy rastacueros, es muy gacho eso. Considero que en lugar de hacer algo por su país nomás se meten el dinero en la bolsa.

 

-¿Y de los ricos?

 

-Pues tampoco tengo mucha simpatía por los ricos porque los ricos hasta ahorita he visto que lo que más saben hacer es dinero, y yo no admiro nada a la gente que lo único que sabe es hacer dinero.

 

-Pero usted proviene de los ricos.

 

-Era otra clase de ricos. Ni se daban cuenta que eran ricos. Mi padre nunca supo hacer dinero. Cuando vino a México puso puros negocios que fracasaban. Puso un negocio que se llamaba Laboratorios Internacionales Linsa y luego un restorán, La Torre Eiffel. A él lo que le gustaba era tocar el piano, y ahí se ponía en el restorán, se tomaba sus copas y luego mandaba regalar a todas las mesas botellas de cognac y de whisky. Mi papá fue siempre nulo para los negocios. Yo creo que es otro tipo de riqueza. Entonces, no sé… No son gente que sabe hacer dinero, no se pueden llamar así… Pero yo no odio a mi clase, nada más puedo decir que gente por ejemplo como la JesusaPalancares me ha dado mucho más que ninguna señora de sociedad; me ha dado más en originalidad, en valentía, en una visión de una vida muy distinta. El señorío de la Jesusa no lo tiene ninguna señora popoff que yo haya visto jamás.

 

-¿La de Jesusa Palancares (el personaje de su libro "Hasta no verte Jesús mío") es su mejor entrevista?

 

-Bueno, Jesusa Palancares así como es entrevista es también una crónica. No sólo es una entrevista, es también una lección de vida para mí, porque al mismo tiempo que yo hablaba con ella la veía actuar, escuchaba sus palabras pero no sólo las que están en la novela sino todas las palabras que ella decía. Y a esa gente que me marcó tanto que siempre, en cualquier, momento, pienso en Jesusa Palancares.

 

-…que no se llamaba Jesusa Palancares.

 

-Se llamaba Josefina Bórquez, ahora que ya murió puedo decir cuál es su nombre. Murió hace dos años. La conocí en la azotea de un edificio en Revillagigedo. Ahí vivía Alberto Beltrán, a quien fui a visitar porque estábamos haciendo un libro de crónicas Todo empezó el domingo. Ella iba ahí a lavar ropa, y la oí hablar. Me fascinó, pero no me le acerqué. Como un año después le pregunté su dirección a la portera del edificio. La fui a buscar. Era lejísimos, por el Cerro del Peñón, casi hasta medio camino a Pachuca. Llegué y le pedí que me contara su vida. Dijo que ella “no tenía campo”, que si yo le iba a hacer su quehacer, entonces ella podía ponerse a hacer. Pero ella sabía bien que yo no era capaz de hacer ningún quehacer… Decía que ella con las rotas catrinas no tenía nada qué ver. Poco a poco la fui conquistando iba cada miércoles y me ponía muchas pruebas. Me ponía a sacar sus gallinas a asolear, me ponía a lavar overoles, un montón de cosas. Una vez se me hizo tarde y me la encontré en la esquina esperándome. Me regañó muy enojada, pero al estarme esperando me dí cuenta que yo le importaba.

 

 

* * *

 

 

Alguna vez, cuando Felipe era niño, le pidieron en la escuela  hacer un retrato de su mamá. Dibujó una mesa de patas flacas con una máquina de escribir encima. Espantada, Elena le preguntó “¿Yo soy eso para tí?” Y él le respondió: “Sí”. Por eso, la recopilación de sus trabajos en Todo México significa “sentirme menos culpable frente a mis hijos porque por hacer entrevistas yo me sentía de la patada. Significa sentir que, durante los años que ellos fueron niños y crecieron yo seguí trabajando y bueno, pues hay una obra ahí…”

 

Pero la colección le complace también por otras razones: 

 

"Me gusta la idea de documentar a mi país; a través de estas entrevistas, decir un poco cómo es México, rendir un homenaje a todos los que han hecho algo por México. Y además que no sea un libro sectario en el sentido de que nada más sean puros mexicanos. Van los españoles que vivieron en México y también visitantes distinguidos que de algún modo están ligados a nuestro país. Por ejemplo en el tomo II sale Octavio Paz, sale Dolores del Rio, sale Palillo pero también salen Rafael Alberti y André Malraux. Son muchísimas entrevistas las que he hecho, fácil son unas tres mil o cuatro mil. La más reciente, incluida en el primer tomo, es la de Lola Beltrán. Quise meterla en el libro porque pensé que no tenía una cantante y que Lola era un personaje bastante de México, por la cosa de la canción ranchera, como que le da más sabor. Pero también por ejemplo yo no tengo a un boxeador, y ahora voy a buscar uno. Claro, no puede ser El Púas Olivares porque ya lo hizo notablemente Ricardo Garibay, tendría que ser otro. Ahora ando queriendo entrevistar a Juan Gabriel. Le dije a Monsi que me ayudara y todavía es la hora que no puedo, que porque no quiere que lo entrevisten que quién sabe qué. Me parece un personaje popular muy importante, pero no se ha dejado…"

 

 

* * *

 

Novedades publicó en 1983 un artículo de Elena Poniatowska en torno a la entrevista. Comenzaba diciendo: “Una manera de aproximarse a la vida y cercarla es a través de los por qué”.

 

-¿Qué le ha dado el por qué a Elena Poniatowska?

 

-La explicación. El por qué ha sido mi escuela. ¿Se imagina preguntarle por qué a Octavio Paz o preguntarle por qué a Diego Rivera o por qué a Adolfo Sánchez Vázquez o por qué Arnoldo Martínez Verdugo? La respuesta se la dan a uno grandes pensadores, y eso le da a uno también una responsabilidad. Porque no es como en un salón de clases; lo que ellos me van a decir no me van a entrar por un oído y me va a salir por el otro. Obviamente se me queda mucho más grabado.

 

-¿Y el por qué a Jesusa Palancares, a los “ángeles de la ciudad”, como usted llama a los desposeídos, ése qué le da?

 

-Una lección de responsabilidades y de calidad moral. A mi jamás me interesaron cosas que pudieran pertenecer a mi clase social, porque a mí en los días de mi vida me importará que me sirva un mesero vestido de filipina. Me interesa mucho más la vida de la gente, lo que puedan decir. Incluso la vida de una persona que trabaja conmigo se vuelve a una fuente de interés y de curiosidad. Me inmiscuyo en sus vidas y ellos se inmiscuyen en la mía.

 

-¿Los entrevista?

 

-Sí, y no sólo los entrevisto. Ellos saben mucho más de mí y tienen una visión mía que probablemente yo jamás vaya a tener. Y puede no ser nada halagadora, pero esto me interesa muchísimo más que tener un señor de palo detrás de mí sirviéndome perfectamente bien la comida sobre una vajilla de Limoges con cubiertos de plata. Si yo hubiera descubierto el periodismo o si no hubiera descubierto que uno puede tener dos gramos de seso, probablemente eso me parecería atractivo. Para esto influyó muchísimo Alberto Beltrán. Una gente como Magda fue también definitiva. Magdalena Castillo es definitiva en mi vida, y es muy anterior a Beltrán y al periodismo, pero Alberto Beltrán y el periodismo vinieron a reafirmarla, a confirmarla…

 

 

El Financiero. Febrero de 1990.

 


Publicado el Lunes, 08 Abril 2013 22:54
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