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Sábado 10 Abril 2021 08:00 hrs

José López Portillo: “Tengo mis justificaciones…”

Yuriana Díaz | 22:54 - 22 Abril 2013

INTRODUCCIÓN:

 

Hace 20 años entrevisté a José López Portillo y Pacheco, quien fuera Presidente de México entre 1976 y 1982 y luego publicara varios libros con temas filosóficos y antropológicos, además de sus memorias Mis Tiempos.

 

Era el personaje político más repudiado de México, por la corrupción y los excesos que caracterizaron a su administración y que dejaron hundido al país. Un rechazo social sólo comparable con el que hoy se concentra en Carlos Salinas de Gortari. En el momento de la entrevista, Salinas era el Presidente en funciones.

 

Fue el último año que López Portillo fue visto gozar de plena salud. Conocí a un hombre fuerte, de actitud jovial, y evidentemente enamorado de su esposa, la ex vedette Sasha Montenegro quien durante los años de la presidencia lopezportillista fuera la reina del cine de ficheras.

 

Al año siguiente de la entrevista, 1994, el de “el error de diciembre”, el ex presidente sufrió un rápido proceso de disminución física y mental, consecuencia de la diabetes pero también, nos contaría después uno de sus amigos más cercanos, debido a la profunda depresión en que lo hundió la crisis económica que por entonces azotó a México. “Sentía culpa”, nos aseguró, y curiosamente ese tema, el de las culpas, fue abordado en esta entrevista.

 

Sobreviviría 10 años más José López Portillo, sólo para dejar en el recuerdo colectivo la imagen de sus tiempos finales: un anciano acabado en una silla de ruedas, que apenas podía hablar después de sufrir una embolia. Envuelto en escándalos por su divorcio de Sasha, a quien acusó de someterlo a golpes y vejaciones cuando él ya no podía defenderse. Al final, como murió cuando el proceso de divorcio aún no concluía, Sasha quedó como su principal heredera pues legalmente era todavía su esposa y madre de sus hijos menores, aunque la verdadera peternidad de JLP también fue públicamente cuestionada.

 

Una imagen patética de José López Portillo que se hubiera antojado imposible en el momento en que lo entrevisté pero, sobre todo, en sus tiempos como Presidente. Tal vez al final del día resulte cierto aquello de que, en esta vida, todo se paga…

 

 

LER

 

 

 

 

"De lo único que me arrepiento es de haber impuesto el IVA"

 

 

 

Luis Enrique Ramírez

 

 

 

Las patillas han desaparecido pero sus cejas parecen haberse poblado más desde aquellos tiempos, sus tiempos, en que alcanzó la cima de la política mexicana: la presidencia de la República. Conserva la risa fácil y el carisma, también la figura atlética a sus 73 años de edad. Sigue siendo, dice, un consumado deportista y si ahora cojea ligeramente es porque se cayó del caballo.

 

Ha concedido esta entrevista como parte de la promoción a su más reciente libro, el primer tomo (“Vector indio”) de los tres que compondrán Dinámica política de México en Editorial Planeta. “Hablamos del libro nada más, del libro por favor”, solicita al inicio y la primera media hora de la charla se pliega a tal condición.

 

En medio, sin embargo, una de sus reflexiones abre la puerta a las preguntas en torno a él mismo:

 

“Es más fácil para un ignorante tomar una decisión que para otro que tiene el conocimiento. A veces el conocimiento es una carga, estorba, es un impedimento, porque pierde uno la inocencia. Conocer las cosas le crea a uno una conciencia que dificulta decisiones que en la ignorancia se toman fácilmente…”

 

-¿Usted prefiere la inocencia o el conocimiento?

 

- No es un problema de preferencia sino de realidades: o se es inocente o no se es inocente. Hay muchos políticos que al ignorar su circunstancia actúan sin vacilaciones, y hay muchos políticos que conociendo su circunstancia tienen que sobrepasar causas, efectos y consecuencias, y la decisión se dificulta mucho más. La plena conciencia entraña mucha más responsabilidad.

 

-¿Cuál es su caso?

 

-Bueno, no es que sea un hombre muy culto, pero uno de mis problemas en política fue la responsabilidad que nacía de que yo no ignoraba. Todas las decisiones que tomé fueron con pleno conocimiento de causa. Eso lo único que significa, y lo quiero subrayar, es que me dio más responsabilidad, porque no actué ciegamente. Fue uno de mis problemas, el saber las cosas, y el tener que valorarlas para tomar una decisión. Yo estaba constantemente entre el ser y no ser, ese espíritu hamletiano de la duda lo acosa a uno. Como yo sabía, me responsabilizaba y me responsabilizo conmigo mismo y con la historia.

 

-Pero ¿son más acertadas las decisiones del que sabe?

 

-Pues no siempre, fíjese usted. Muchas veces la sana, feliz ignorancia, actúa prácticamente por intuición y llega a una mejor conclusión. Un político de pueblo, que no sabe ciencia política, toma magníficas decisiones en su inocencia,  y otros políticos, que conocen las cosas, se torturan: “Es mejor hacer esto o hacer esto otro, porque si hago esto pasa esto y…” Esto muchas veces lleva a no actuar, o a precipitarse…

 

 

 

* * *

 

 

La entrevista tiene lugar en su casa de Cuajimalpa, la llamada Colina del Perro, una impresionante construcción resguardada por un grupo de militares que tienen junto un cuartel.

 

López Portillo, con actitud jovial, recibe al reportero en una de las muchas salas que debe tener la residencia; la preside un retrato de su actual esposa, Sasha Montenegro, pintado por él. Otros cuadros de su autoría pueblan la espaciosa estancia. Él los muestra con orgullo y los explica. Uno, en particular, en el que figuran numerosas manos, atrae la atención.

 

-Ese se llama “Vida, muerte y transfiguración”, y es la historia de toda mi Presidencia, desde la toma de posesión hasta la entrega del poder: mi huella en la historia desgarrada por la calumnia, mi muerte política y mi transfiguración por mi voluntad libre. Y están ahí todas mis prioridades: el petróleo, la apicultura, la reforma política, la región norte sur, la nacionalización de la banca, todo.

 

-¿Y por qué tantas manos?

 

-Porque la mano es el instrumento más característico de la voluntad humana. El pulgar en oposición es el instrumento del cerebro. Con esto (abre y cierra ambas manos) ha construido el hombre su historia. Lo ha decidido con su voluntad, lo ha retenido con su memoria, pero lo ha hecho con sus manos. Por eso los motivos manuales a mí me obsesionan. Dos son mis obsesiones las manos y los espirales, porque el espiral es la forma perfecta del universo. Allá aquel cuadro, mire, es un espiral. Se llama la Colina del Perro, es esta casa, mi entorno.

 

-¿Entonces lo de la Colina del Perro no es para usted…?

 

-¿Peyorativo? ¡No! Yo me puse ese sobrenombre. El perro es el animal más valiente de nuestra zoología. Usted podrá ver a un león huir de un helicóptero, pero a un perrito lo verá ladrarle, lo verá en la tumba de su dueño, y defenderlo. Es un animal maravilloso. Yo quise defender el peso como un perro, ¡pero se necesitaba una jauría!... No, no es peyorativo. Sigo amando a los perros, sigo admirándolos, entonces esta es la Colina del Perro y la pinté, ahí está.

 

-¿Esta casa es ahora todo su mundo?

 

-Es el centro de mi mundo. Aquí oigo música, aquí pinto, aquí escribo, aquí amo. Claro, salgo a los restaurantes, salgo con los amigos, salgo a Cuernavaca. No estoy preso.

 

-¿Es como vivir aquí su exilio?

 

-¡No! No nono… ¿Exilio?

 

-Usted es un expresidente,  y la política es cruel…

 

-Sí, pero se acepta. Uno, cuando entra a esa actividad maravillosa, sabe de los riesgos a los que se enfrenta. No es sorpresa, no es sorpresa… Tal vez la intensidad en el ataque y en la mala fe sea lo único  que me ha llamado la atención, no por inesperado sino por intenso. Siento que ha sido una de las más intensas –vuelvo a usar la palabra- campañas contra un expresidente que ha habido por lo menos en los últimos años. Claro, yo me juzgo a mí mismo por mis intenciones y los demás me juzgan por mis acciones, y tengo que aceptar el juicio de los demás, pero también reconocer el mío propio… Vida, muerte y transfiguración. Me transfiguré porque de otra manera me hubiera ahogado, habría sido difícil para mí vivir en el mundo de la calumnia y de la infamia, pero pues lo entendí y lo superé, me transfiguré en mí mismo.

 

-¿Reconoce equivocaciones?

 

-Me equivoqué con el IVA. De  lo único que me arrepiento es de haber impuesto el IVA en aquel momento, porque rompí la disciplina anti inflacionaria. La caja explotó.

 

-¿En todo lo demás considera haber hecho lo correcto?

 

-En sus circunstancias, sí.

 

-¿No guarda culpas?

 

-Bueno, si hay culpas, cómo no, hay equivocaciones, hay errores, pero la excelencia humana indica que uno no puede ser juez de sí mismo porque tiende a siempre a justificarse. Por eso yo puedo ser cronista, yo puedo ser mi biógrafo, pero no puedo ser mi propio juez. Sería brutalmente parcial, y el juicio histórico tiene que ser imparcial. Uno tiene que someterse al juicio de la historia. Claro, yo tengo mis justificaciones.

 

-Pero ¿no cree que en general los juicios a su administración le son adversos?

 

-¡Ah sí!, y ahí tiene mis justificaciones: me son adversos porque afecté sus intereses, por esto, por lo otro, por lo de más allá. ¡Porque de otra manera, sin autodefensas, sería difícil vivir! Frente a cada uno de los juicios adversos yo tengo una justificación que me satisface, que me alivia, que me compensa moralmente y que me permite vivir con dignidad. Yo sé cuando me están calumniando, yo sé cuando están manipulando los sucesos, yo sé cuando hay envidia, yo sé cuando hay rencor, yo sé cuando hay odio, yo sé cuando se están vengando. Yo lo sé, y me justifico. Pero ellos están actuando de la misma forma que actúo yo…

 

 

* * *

 

 

¿Dónde estará Sasha Montenegro?... El matrimonio de José López Portillo con la estrella cinematográfica vino a agudizar el morbo que entorno a su vida íntima ha existido siempre. El expresidente guarda al respecto una actitud hermética, aunque la dedicatoria de su libro dice: “A Sasha, mi esposa, y a nuestros hijos Nabila y Alejandro, por mi felicidad actual”.

 

La hoy señora de López Portillo, reciente propietaria de una lujosa boutique en Polanco, no aparece en el horizonte posible de ver en la residencia de inmensidad tal que semeja un pueblo entero. Imposible imaginarla solícita en la estancia ofreciendo un cafecito como cualquier ama de casa, aunque José López Portillo presente una apariencia de absoluta sencillez, enchamarrado en azul desteñido, sonriente y llamando a sus ayudantes con gritos campiranos: “¡Eeeeeep!”.

 

El escritor sólo desea hablar acerca de su libro. Explica que su propósito es profundizar en las características de la cultura mexica que influyen en la conformación política presente de nuestro país.

 

-¿Hay en el pasado prehispánico claves para explicarnos el México actual?

 

-Muchas. Hay una serie de situaciones, sucesos, inercias, fuerzas genéticas verdaderamente sorprendentes que a mí me han fascinado conforme las he venido descubriendo y redescubriendo, porque muchas de las cosas que yo había leído, ahora, al analizarlas ya con el propósito de escribir sobre ellas, se fueron abriendo como una flor llena de significaciones. Hay algunos aspectos místicos llenos de sugestiones, otros muy dramáticos que nos hacen ver cómo la voluntad de ser mexicano arranca de una pequeña y miserable tribu de chichimecas que quieren cumplir una misión, y que a través de una peregrinación de más de mil años, desde Aztlán hasta Tenochtitlán, guardan sus tradiciones y las conservan y las refuerzan y las incrementan hasta cumplir su destino. Es algo que yo en ninguna otra historia de ningún otro pueblo he encontrado, la fuerza de una idea que dura ¡mil años!, hasta encontrarse a sí misma tal y como fue anunciado. Eso a mí me conmueve, me parece fascinante. Pienso en aquellas migraciones llenas de limitaciones, de acechanzas, pero unidos todos en torno a un principio…

 

-¿Somos resultado, políticamente también, de aquella cultura?

 

-Eso es, un resultado que está, claro, muy condicionado por una serie de factores históricos y de circunstancias que nos van modalizando. Hay que buscar las raíces para encontrar el origen, y esto lo que yo traté de hacer al estudiar a nuestro pueblo epónimo: qué cosa es lo que había para realizar una función que ahora es la soberanía o que ahora es la división de poderes o que ahora es los derechos individuales o que ahora es cualquier institución… Ya terminé de escribir la segunda parte, El vector español. Este choca con el vector indio y da una resultante.  La resultante es la que en este momento estoy empezando a concebir: qué es lo que pasa con el mundo indio en el mundo colonial, y qué es lo que trasciende del mundo indio colonial a nuestra responsabilidad soberana e independiente.

 

-¿Desempeña usted una tarea de filósofo?

 

-Bueeeno, pues yo supongo más bien que es una…filosofía política. Si,  tiene usted razón, es una especie de filosofía política para buscar, de los antecedentes, cuáles son las consecuencias… La humanidad me parece un fenómeno fascinante, y en mi condición de hombre trato de indagar lo más que puedo sobre el hombre. Me falta tiempo, me falta disposición, me falta capacidad, pero no deseo de entender.

 

-¿A eso dedica ahora todo su tiempo?

 

 -No. Dedico todo mi tiempo a vivir. Si estuviera yo pensando nada más en esto, me secaría. No. Hago muchísimo ejercicio físico, disfruto mucho la música, paso gran parte de mi tiempo leyendo o escribiendo, pinto…Tengo muchos intereses y no soy un filósofo que esté metido sobre sí mismo todo el tiempo. Ser hombre significa no nada más pensar en que se es hombre sino actuar como hombre y desarrollar todos los intereses que este mundo maravilloso le da a uno para vivir, y yo me dedico a vivir, intensamente. Amo. En fin…

 

-Y es un hombre feliz, dice la dedicatoria.

 

-¡Sí, señor! A mis 73 años puedo decir que soy un hombre feliz y que la felicidad es una cosa muy simple, hecha de cosas de todos los días: es estar con la mujer que uno quiere, con los hijos que de ella tiene en un prado viéndolos correr, jugar con ellos, ¡eso es la felicidad!

 

-¿Y lo hecho, el pasado?

 

-Eso forma parte de lo que Hegel llama “el espíritu objetivado”, eso es la carga histórica. La felicidad o es vigente o no es felicidad. El recuerdo de la felicidad a veces es la amargura. Recuerda usted lo que en uno de los infiernos decía Dante, que no hay mayor tortura que recordar los tiempos felices en los momentos de infortunio. No. La felicidad es actual y es vigente. El recuerdo de la felicidad a veces es un dolor.

 

-Entonces ¿usted no piensa en el pasado?

 

-Sí como no, pero no pienso, recuerdo. Una de mis obsesiones precisamente es el tiempo: el pasado lo acabamos de dejar hace un momento. El tiempo es un continuo que se retiene por la memoria y se presiente por la imaginación, pero la única realidad es el presente, que siempre se está fugando. El tiempo es uno de los asuntos que más me han apasionado toda mi vida, por eso el libro de memorias que escribí se llama Mis tiempos… Uno trae arrastrando su pasado, o está apoyándose en su pasado o está impulsado por su pasado. Está uno amarrado al pasado. Uno es el pasado. Por eso yo siempre he dicho que el hombre se entiende por su memoria y por su voluntad, y con ese título mis hijos me hicieron un libro, Memoria y voluntad. Si no tuviéramos memoria, perderíamos la identidad en forma absoluta. El ser humano es memoria, de ahí la importancia de la historia que es la memoria de los pueblos. La memoria es lo que nos hace a nosotros mismos.

 

-Y usted ¿Cómo espera ser tratado por la historia?

 

-No sé… Yo lamento profundamente que el juicio de muchos de mis compatriotas a los que traté de servir me sea tan brutalmente adverso, pero están en su derecho, como yo estoy en el mío de afirmarme en mi buena voluntad.

 

- Sobre el gobierno actual de Carlos Salinas de Gortari…

 

- No quiero tocar temas contemporáneos.

 

-Es una regla del sistema ¿verdad?

 

-Sí señor, es una regla no escrita: no interferir. Yo le llamo el derecho a la oportunidad y esto sí lo puede poner: cada presidente tiene derecho a su oportunidad, porque cada oportunidad es una responsabilidad, de donde se sigue que cada presidente es responsable de su oportunidad. Son las reglas, y al que no le guste el fuste y el caballo no le cuadre, que monte en pelo, tire el fuste y vaya… en fin… Muchas gracias, mi amigo, que le vaya bien.

 

 

El Financiero, Agosto de 1993


Publicado el Lunes, 22 Abril 2013 22:54
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