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TECNOVIDA 

Román Ochoa

El Gran Pez

01:37 - 03 Julio 2013

TECNOVIDA 

Román Ochoa 

 

 

 

 

Lo recuerdo como si fuera ayer. Mi Papá regresaba de uno de sus acostumbrados viajes. Yo me sentía como niño en la mañana de un 25 de diciembre. Siguiendo su ritual, después de saludar a la familia, lo primero que sacaba de su maleta era mi regalo. Usualmente juguetes: G.I. Joe, He-Man, equipo para jugar beisbol, carritos o cualquier artefacto que estuviera de moda en esos días; esta vez el regalo fue muy diferente, definitivamente mi vida no fue la misma desde ese día. 

 

Mi Padre era una persona muy curiosa, contaba con múltiples habilidades: desde cambiar un foco, hasta reparar una nave espacial. Él decía, “Si me das todo lo que necesito, te armo hasta una bomba atómica”; hasta el día de hoy, estoy convencido de que no mentía. Su curiosidad lo llevó a ser amante de los avances tecnológicos. Era común que se pasara tiempo en sus viajes buscando herramientas y electrodomésticos de última generación. 

 

Ese día que llegó de su viaje sacó una caja con la imagen de un rectángulo negro. En ese tiempo no sabía leer, mucho menos en inglés. No tenía ni idea del contenido de la misteriosa caja o de su función. Al principio me sentí un poco decepcionado. Seguro mi Papá notó mi expresión, inmediatamente llamó a uno de mis hermanos y le pidió que la conectara. Mi hermano, heredero de las habilidades de mi Padre, le dio un vistazo a los garabatos del instructivo y conectó la misteriosa caja a la televisión. 

 

Como si fuera un truco de magia, en la televisión apareció el juego de video en el que me gasté muchas fichas en “las maquinitas”. Ese juego del triangulito que supuestamente era una nave espacial y destruía asteroides. Minutos después mi hermano cambió el cartucho y ahora jugaba al Pac-Man. Hasta la fecha, sin temor a equivocarme, puedo decir que nada me ha impresionado tanto como ese aparato. De alguna forma, algún científico de la NASA descubrió la forma de meter varias “maquinitas” a mi televisión; bueno, eso es lo que pensé en ese momento. Eventualmente mi hermano me dijo que se llamaba Atari 2600. Pasaron horas y un berrinche para que me dejara jugar con ese control que consistía en una palanca y un botón rojo. Desde entonces no volví a mirar atrás.

 

Los regalos de los viajes de mi Papá dejaron de ser juguetes y cambiaron a ser cartuchos para el Atari al que vivía pegado. Antes de cada viaje, actualizaba una lista que mantenía en una libretita que siempre traía en la bolsa de su camisa, para evitar comprar algún juego repetido. 

 

Meses después llegó con el Atari 5200, una versión más avanzada que su predecesor. Pasé incontables horas jugando a los ahora clásicos: Asteroids, Galaxian, Space Invaders, Pac-Man, Pitfall!, entre otros. En ese tiempo los juegos eran interminables, no había manera de ganar; cada vez se volvían más rápidos y difíciles hasta que eventualmente perdías. 

 

Conforme pasó el tiempo, los juegos empezaron a tener menos calidad. Muchos años después me enteré que varios oportunistas se aprovecharon del boom de los videojuegos y sacaban al mercado basura para ganar un poco de dinero. Que dios los perdone porque yo no puedo. Como los juegos ya no me entretenían como al principio, prefería ir a jugar al arcade. Eventualmente, la falta de calidad causó la quiebra de la industria de los juegos de video de ese tiempo. También leí por ahí que el Atari 2600 no fue la primera consola, sino la Magnavox Odyssey, mejor conocida como Pong. 

 

En un viaje que hicimos para ver a un tío que estaba recién operado, conocí un niño vecino del departamento al que llegamos. Varias tardes nos pasamos correteando y paseando en bicicleta. Ya que me tomó confianza, me invitó a pasar a su casa. En la sala de su casa tenía un extraño aparato conectado a la televisión. No era un Atari como los que yo tenía, era algo diferente. Lo prendió y empezó a jugar con un control que tenía una cruz y cuatro botones (Select, Start, B y A). Después de mostrarme la función de cada botón me pasó el control y torpemente traté de controlar al monito que salía en la televisión. Quedé asombrado de tal invento. Al presionar el botón Start el juego se quedaba “congelado”, esto era algo novedoso. Ahora era posible “pausar” el juego para ir al baño o atender el llamado de mi Mamá. 

 

Después de varios días de rogarle a mi Madre y unos cuantos berrinches, accedió a comprarme un Nintendo. Recuerdo muy bien que fuimos al centro comercial más cercano y entramos a la tienda Toys “R” Us. Pagó $99.99 USD más impuestos por el Nintendo Entertainment System (NES); incluía dos controles, una pistola (light zapper) y el juego de Super Mario Bros. / Duck Hunt. Los viajes de mi Padre volvieron a ser peticiones de nuevos juegos. También cambió mi rutina: hacía la tarea en la escuela para tener más tiempo para jugar con el NES en mi casa. La popularidad de esta consola se refleja en el hecho que todas las personas que no conocen, le llamen a cualquier videojuego “nitendo”. 

 

Los juegos de estos tiempos eran muy diferentes. Ahora tenían fin e incluían alguna trama, desde rescatar a una princesa hasta salvar al mundo de una invasión alienígena. También eran extremadamente difíciles, era necesario memorizarte cada salto o disparo para poder llegar al final. Este nivel de dificultad después llegó a ser conocido como Nintendo Hard, usado para describir algo muy difícil de hacer. Todas las incontables horas que pasé para terminar muchísimos juegos, me ayudaron a ser un jugador habilidoso. Ahora se nos llama gamers, antes solo éramos niños enviciados por el “nitendo”. 

 

Un par de años después vi en una tienda el Game Boy. Inmediatamente supe que tenía que comprar uno. Venía incluido uno de los juegos más exitosos de la historia, el Tetris. Pase varias horas pegado a la pequeña pantalla que podía llevar a cualquier lugar. Juegos como Metroid y Zelda eran de mis favoritos. El alto costo de las baterías y el fuerte astigmatismo del que sufría, me ayudaron a reconocer que las consolas portátiles no eran lo mío. No volví a comprar otra. Dejemos claro que el Game Boy fue la primera consola portátil con cartuchos intercambiables exitosa, pero no la primera en existencia, antes fue el Microvision

 

Cerca de las fechas decembrinas uno de mis hermanos me preguntó, qué es lo deseaba para navidad. Influenciado por los comerciales de Sega y su eslogan, “You can’t do this on Nintendo. Genesis does!” (No puedes hacer esto en Nintendo. ¡Genesis lo hace!), le pedí una consola Sega Genesis. Otra vez fui impresionado por el avance en la calidad de los gráficos y la complejidad de los juegos. Esta consola duplicaba el poder del Nintendo. Por fin las consolas se acercaban más al poder de los juegos en el arcade. Más horas invertidas en Sonic the Hedgehog, Altered Beast, The Revenge of Shinobi y, unos de mis favoritos, Michael Jackson's Moonwalker. Estos juegos estaban diseñados para un mercado de mayor edad. Caracterizados por contener temas más serios y ser más violentos que los de su competencia, que eran dirigidos a los niños. 

 

La siguiente consola que salió al mercado en esos tiempos fue el Super Nintendo Entertainment System (Super NES), diseñado para competir directamente con el Genesis, inició la primera guerra de las consolas. Esa fue de las pocas consolas que nunca compré por dos razones: mi primo tenía una, mejor nos prestábamos las consolas para no gastar más dinero y un amigo de la familia me acababa de regalar un Sega Master System que tenía arrumbado en su clóset (la primera consola de Sega con la que intentó competir contra el NES). A esta guerra de consolas se unió el Neo Geo de SNK. Como nos damos cuenta, Sega, Atari y SNK ya no hacen consolas, así sabemos quién fue el ganador.

 

Ahora llegamos al siguiente salto en la tecnología de los videojuegos que también tiene su historia. En 1994, Nintendo le pidió a Sony desarrollar un sistema para consolas basado en el uso de CD. Al no llegar a un acuerdo entre las empresas, Sony decidió lanzar su propia consola, el PlayStation (PS). 

 

Por supuesto que recuerdo el primer día que llegó a mis manos el PS. Abrí la caja y una luz iluminó mi rostro mientras se escuchaban cánticos gregorianos en el fondo. Esta consola la compró mi primo, como usó la tarjeta de crédito de mi Mamá, llegó por paquetería a mi casa. Inmediatamente le llamé por teléfono para decirle que había llegado el tan esperado paquete y pedirle permiso de abrirlo y jugar al Final Fantasy VII (FFIV) que venía incluido. Después de convencerlo, no dormí jugando al FFIV y al demo de Metal Gear Solid; desde entonces soy fan de ambas series. Meses después ahorré para comprarme mi propio PS. 

 

En el mismo año, Atari y Sega daban patadas de ahogados; le entraron a la competencia con sus versiones de consolas que usaban CD, el Jaguar y el Saturn, respectivamente. De la nada salió Panasonic con su 3DO, pero tuvo el mismo fracaso que Atari y Sega. Nintendo siguió con su fórmula de cartuchos con su Nintendo 64, con una base de consumidores muy arraigados y una marca ya posicionada, tuvo mucho éxito. Fue la única consola que sobrevivió a la llegada del PS. Yo nunca compré otra consola de Nintendo desde el Game Boy, después del Genesis compré el PS; las veces que he usado las consolas de Nintendo es porque mi primo o algún amigo me invita a jugar. 

 

Después llegó el tiempo de ir a la universidad y mis años de estudiambre que pasé desconsolado, es decir, no tenía consola. Fue en los años que salieron al mercado la sexta generación de las consolas. Sega, no sé de qué forma, ni con qué recursos seguía desarrollando consolas, propuso el Dreamcast; al igual que todos sus intentos después del Genesis, fue un fracaso. Sony, Nintendo y, el nuevo agregado, Microsoft iniciaron la aún vigente segunda guerra de las consolas con el PlayStation 2 (PS2), GameCube y el Xbox, respectivamente. 

 

En esos tiempos obtuve un PS2 prestado para no perder la costumbre de los videojuegos. Así disfruté de los juegos de Metal Gear, Grand Theft Auto y para las noches de terror, Silent Hill y Resident Evil. Poco antes de que saliera la séptima generación de consolas, una tía me regalo un Xbox. El diseño del control se me hacía muy torpe, el tiempo que duraba en cargar los discos era insoportable y nunca fui fan de Halo. Ya estaba acostumbrado al PS2. Terminé por regalarle el Xbox a mi primo; sí, el mismo que me prestaba las consolas de Nintendo y el primer PS que jugué.

 

La mercadotecnia de la industria de los videojuegos creció paralelamente a la edad de los gamers. Las consolas y los juegos más recientes están dirigidos a personas que tienen alrededor de 30 años. Personas que ya tienen poder adquisitivo y pueden comprarse sus propios juguetes. 

 

Definitivamente fue mi caso. Cuando salieron el PlayStation 3 (PS3), el Xbox 360 y el Nintendo Wii ya tenía los recursos suficientes para adquirir mis juguetes sin tener que rogarle o hacerle berrinches a mi Mamá. Me hice de un Xbox 360 y un PS3. Viví de nuevo el asombro de los avances tecnológicos cuando jugué a Gears of War, The Elder Scrolls IV: Oblivion en el 360 y Metal Gear 4, Assassin's Creed en el PS3.

 

Para mi fortuna, mi Xbox 360 sufrió del mismo defecto de fábrica de millones de esas consolas, el Red Ring of Death. Después de ocho meses de comprarla, la consola murió por primera vez. La llevé a reparar, pero después de unas semanas pasó lo mismo. Hasta que a la tercera, la vencida, ya no tuvo arreglo. Ya no volví a comprar otro Xbox y mi desconfianza de Microsoft se acentúo. El PS3 me acompañó por más de cinco años hasta que pasó a mejor vida. Compré otro PS3 y es el que juego hasta la fecha. 

 

Hace unos días Nintendo, Microsoft y Sony anunciaron sus nuevas consolas. Estas nuevas versiones tiran rayos láser, miden los latidos de tu corazón, leen la mano, tienden la ropa, contentan a tu pareja y hasta escriben tu columna semanal (lo del corazón es verdad). El caso es que son una maravilla. Ya veremos. 

 

Mucha gente piensa que el tiempo y dinero que le he invertido a los videojuegos es inútil. La mayoría de los gamers pensamos lo contrario. Lo que es seguro, es que he disfrutado mucho los juegos desde el Atari hasta el PS3. No estoy seguro si echarle la culpa o agradecerle a mi Padre por iniciarme en los videojuegos, pero definitivamente su curiosidad fue la que desarrolló mi gusto por la tecnología, y por eso, sí le estoy agradecido; entre otras, muchas, muchas cosas más...

 

 

¡Muchas gracias, mi estimado lector, por llegar al final de esta larga historia! ¡Pero nuestra princesa está en otro castillo!

 

@RomanOchoa


Publicado el Miércoles, 03 Julio 2013 01:37
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