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Miércoles 08 Diciembre 2021 20:17 hrs

LA MANGA Sandra Ochoa

Sandra Ochoa

La ciudad de los malvados

00:00 - 07 Febrero 2014

LA MANGA

Sandra Ochoa

 

 

Los meses se traspapelan en el ABC de la memoria. Creo que era diciembre del 2013, ¿quizá noviembre? Era diciembre porque miraba desde la medianoche el verde absurdo de los baños en la plazuela Obregón. Dos tipos cortaban el cabello de una muchacha y la golpeaban a sólo unos metros de la cafetería Los Portales. Era un jueves, lo sé porque es cuando las chicas descansan de su trabajo en los antros teiboleros e invaden cierto restaurante-bar del centro de la ciudad. Un mes antes de que los elefantes de los circos quedaran desempleados y diera inicio la nueva administración de la Presidencia Municipal.

 

Bajé con mi compañero y guardaespaldas hacia el Paseo del Ángel, seguidor resignado de mis salidas nocturnas. Las patrullas dan vueltas por la zona en espera de que los jefes, o los hijos de los jefes bajo su cuidado terminen la borrachera, siempre así, jueves y sábado. Buenos días para los lavacoches y quienes se los cuidan por algunos pesos. La mayoría usarán la ganancia en la compra de drogas. Aquí, y allá, a la vueltecita, para ir al improvisado fumadero por todos conocido. Las mujeres de los pocos comprarán el pan de mañana mientras ellos duermen el desvelo. Hay quienes no tienen casa ni mujer ni hijos: sin identidad ninguna y sabe el diablo cómo, cuándo y por qué perdieron su tierra. Van de paso, son trashumantes de franela en mano. Muchas noches terminan con sus huesos en una banca. Más tarde tomarán un autobús, hasta más allá de donde termina el viento.

 

Unos patrulleros nos ven con los ojos de la madrugada, desconfiados, celosos de su deber. Les quisiera decir: no me vean feo, extraños. Yo he nacido y crecido en estas calles, conozco cada uno de sus palmos de concreto, sus casas, guardo la memoria de los que se fueron y soy testigo no tan muda de sus cambios. No ofendan mi sentido de pertenencia. Mi identidad resbala amorosa calle abajo hasta encontrar el río Culiacán. La ciudad es mía y yo le pertenezco. Aunque hayan encementado sus arroyos cuya impertinencia es asombrosa en tiempos de lluvias, tanto como la migración obligada de los habitantes de la serranía. Entre el caballo y el coche vive el resentimiento: humillación humana a golpes de pistola alzada, de cachazo.

 

Habrá que comprender aunque duela: soy de los tantos despojados. Al final de cuentas mi ciudad la han robado. Tiene nuevos dueños desde tiempo atrás. Hace un par de meses murió un lavacoches que llevó al trabajo a su mujer y un par de hijos. Murió toda la familia en medio de una balacera protagonizada por los junior que salieron del bar entrados en copas, pastillas, cocaína, poder y prepotencia. El que paga manda. Los periódicos no dicen nada. Quizá no encontré la noticia porque nunca existieron. Los más pobres tienen una existencia fugaz y diluida. Mueren los pepenadores, los indigentes son quemados vivos en medio de su desamparo.

 

Hay que cerrar el bar y abrir puertas y ventanas. Darle un sentido cultural al centro histórico, cuya vocación le viene por naturaleza. Más librerías y talleres para artesanos y pintores. Más salas y escuelas de arte, mejores lugares para la lectura. Espacios para huir de la narco cultura que propicie el encuentro de personas con gustos afines: donde los temas de conversación no traten sobre quién tiene el automóvil más rápido, sino quién será el siguiente expositor en el MASIN; donde se converse de libros y películas, no de la última borrachera; donde se discuta sobre la influencia del blues y el jazz en la música moderna; no de cuántas pecheras llenas de balas trae El Komander. Un mundo más feliz para los parroquianos. Pedagógico y sano para la familia.

 

¿En dónde están los jóvenes? Defiendan sus espacios, exijan, peleen, luchen... No es hora de derrocar gobiernos, es hora de obligarlos a ser y hacer gobierno. No esperen a que el gobierno actúe, tomen la iniciativa, pongan el ejemplo para que los servidores públicos se mueran de vergüenza en las siguientes campañas electorales. ¿Habrá alguno? No olviden la lección, los revolucionarios de ayer son los nuevos ratas de la pluralidad partidista de hoy.

 

Es febrero de 2014, la plazuela se cubre con zapatitos rojos, mi mundo está de luto, mi orgullo es sangre seca en cada mujer muerta. Nos quitan los espacios, la ciudad, la dignidad, la vida...

 

Aquí le paro, como dijo el Zaratustra de Friedrich Nietzsche: Ya me voy, no vaya a ser que no les quite nada.

 

 

Conversaciones en Los Portales

Atenta nota: También los changuitos y leones quedamos desempleados.

 

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Publicado el Viernes, 07 Febrero 2014 00:00
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